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Su esposa se lo había dicho antes de salir de casa: <<Ese no iba a ser un buen día>>
Era un extraño presentimiento que le rondaba por la cabeza hacia semanas. Su esposo convivía con el peligro y la muerte era moneda corriente en la disipada vida de su amado: cualquier día podía ser el último que lo viera con vida. Pero esta vez era distinto. Ella sentía un helado presagio, una nefasta premonición.
Y ahora, el llamado telefónico le quito cualquier duda.
—- ¿Señora López?
—Ella habla.
— Le hablo del departamento de justicia de la ciudad.
Lamentamos comunicarle que su esposo Héctor López, fue detenido esta mañana, mientras intentaba robar el Banco Central — el hombre continúa sin pausa —. Usted sabe como operan las leyes en nuestro país, por ser reincidente, no tiene derecho a apelar ni a un juicio justo. Sera condenado esta misma tarde. La mujer deja caer el teléfono, un escalofrío la recorre entera, mientras que siente que sus pies ya no le  sostienen.

<<No debiste casarte con él, nunca fue un buen hombre>>, le había pronosticado su madre y hoy pagaba la factura por una mala elección y el desoír el consejo materno. Pero que fuera un delincuente no disminuía el amor que sentía por él. Hubiese preferido un abogado, un misionero o un albañil. Pero no tuvo esa fortuna. Su esposo es un ladrón y el gobierno lo acaba de apresar. No le habría asustado que estuviese privado de la libertad, ya había pasado por esa situación antes. Lo dramático era que esta vez no habría misericordia del juez, y la sentencia era inapelable.
<< Solicito todo el rigor de la ley, aplicando la pena de muerte inmediata>>, habría pedido el fiscal aun tribunal con sed de justicia. Es que ese no iba a ser un buen día, pensó la mujer una y otra vez. No debió haberse levantado de la cama. Era una tarde gris, helada con una llovizna que cortaba la cara.

<< Tal vez lo perdieron las malas compañías>>, reflexionó mientras corría la calle principal.
<<Su socio en las andadas también fue sorprendido en el lugar del hecho, y morirá junto a tu esposó>>, le susurró una vecina a  modo de desgraciado consuelo. De igual modo, ya no importaba buscar culpables, lo cierto es que su esposo iba a terminar como ella lo había soñado en tantas pesadillas: en la peor de las muertes, la más vergonzante, la más cruel, la más atroz, la muerte pública. La dama no pudo despedirse de su amado, es que los ladrones no cuentan con ese lujo, no hay piedad, humanidad, ni últimos deseos para los condenados a la pena máxima. La dama se abre paso entre la multitud que exige justicia. La gente esta enardecida, exaltada, para muchos hoy es un día loable de justicia. Los delincuentes pagarán por sus crímenes. El horizonte recorta tres cruces, la de su esposo, la de su compañero en las correrías y la de un desconocido. Ella conoce a su marido y al otro ladrón, pero le resta importancia al tercero.
<<Otro infeliz que condenará a otra viuda y sus huérfanos al olvido y la desgracia>>, piensa.El cuadro es estremecedor. No la culpen por no llorar, ya gastó todas sus lágrimas en una vida miserable junto a quién le prometió amor eterno y ahora cuelga de una cruz. Gritos, súplicas, latigazos, sangre, ira. No quiere mirar a su esposo, está allí, pero prefiere no recordarlo así. Solo observa el árido suelo, mientras la sangre surca la tierra entre los dedos de sus pies. Uno de los ladrones el cómplice de su esposo, insulta al desconocido de la cruz del medio. Y una voz conocida, casi imperceptible, se enoja: << ¿Ni aun temes a Dios, estando en su misma condenación?>>.
La mujer está sorprendida. Su esposo acaba de salir en defensa de otro delincuente. Eso es ridículo, si se tiene en cuenta que Héctor López pregonaba una filosofía: <<Nunca te metas en la vida de los demás, que cada uno aprenda a defenderse por si mismo>>.
Por eso ella no entiende. Su esposo jamás habló por nadie ni puso su cara por desconocidos. <<Este es un mundo egoísta>>, solía decir al brindar.
–Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino, –dice ahora.
Era inconfundible la voz de su esposo, sin duda, implorándole al desconocido de la cruz central.—Hoy estarás conmigo en el paraíso—promete el otro como si en su condición pudiese cumplir algo. En la cruz se ruega piedad, no se prometen paraísos—piensa la mujer.
Ella levanta la vista por primera vez. Quizá para mirar a los ojos de su esposo de nuevo o para entender el diálogo tan extraño que acaba de oír. El socio de su esposo sigue maldiciendo. El desconocido del centro pareciera un inocente que paga por algo que jamás cometió y debe estar loco como para prometer paraísos y su esposo, su esposo… sonríe. No tendría porque sonreír, no hay razones. Hizo de su vida un mundo miserable y pende de una cruz frente a miles de ciudadanos enojados. El gesto de los que se encontraron con la gracia en el momento menos pensado. Ella tampoco sabe porqué, pero presiente que su esposo finalmente encontró algo distinto.

No entendió bien el diálogo de los condenados, pero supo que algo había cambiado allí, a escasos metros de ella, en lo alto de la cruz.
Su esposo cuelga de un madero, pero en forma inexplicable, irracionalmente, sonríe. Ella le devuelve el gesto en el lenguaje del silencio, ese  que solo puede interpretar los que sean amado lo suficiente como para no tener que hablar. Su esposo acaba de encontrarse con la gracia en el minuto final. Segundos antes de la cita con el verdugo inevitable, la muerte. Ella sabe que no puede implorar justicia y mucho menos misericordia. Ella sabe que su esposo paga por crímenes verdaderos. Está consciente de que ese era el final del camino, el terminal de la vida, tarde o temprano. Pero ahora, la última sonrisa que se dibuja entre la sangre y los moretones, extrañamente, la compensa por toda una vida miserable.
Su esposo no parece pender de una cruz. Muere como si lo hiciese de viejo, en una cama caliente rodeada de sus seres amados, luego de haber vivido una buena vida. El hombre no mereció nietos, ni años altos, una cristiana sepultura o una importante lápida. Pero alguien, tan condenado como él, le prometió el paraíso en lo alto de la cruz. Ese, no iba a ser un buen día. Y mucho menos existía la remota posibilidad que terminará bien. Héctor ha dejado de respirar, pero nadie se explica por qué aún sonríe.
La dama no entiende nada acerca de teología, paraísos y redentores. Solo sabe que algo milagroso acaba de ocurrir. Ella descubrió el secreto: si para encontrarse con el paraíso había que venir a la cruz, valió el esfuerzo de haberse levantado.
Ahora quiero que me respondas algunas preguntas:
¿Cuántos coros de la iglesia aprendió Héctor?

¿Cuántas veces escucho un sermón?

¿Qué credenciales tenía?

¿Cuál era su llamado?

¿Y qué me dices de su ministerio? ¿Crees que tenía alguno? ¿Respondiste lo que creo?, pues déjame agregar  que además te lo encontrarás en el cielo, Junto a Moisés, David, y el apóstol Pablo.

Damas y caballeros, eso es <<gracia>>. La palabra viene del griego caris, que significa <<La divina influencia en el corazón del hombre>>. Es la inmerecida bondad de DIOS hacia cada uno de nosotros. La gracia es lo que no nos merecemos por justicia, es un regalo. Estás en la cruz, pero te sorprenden con un pasaporte al cielo. Estás condenado a observar, pero te llaman a jugar el campeonato. Mendigos que se transforman en príncipes. Olvidados que marcan la historia. Anónimos que engalanan la galería de Héroes.

Sabes demasiado como para considerarte un inconverso … pero no lo suficiente como para ser un santo.

No merece el perdón pero tiene la fortuna de encontrarte con el dador de gracia. Un perdón sublime. <<Cuando Dios perdona, no solo olvida, sino olvida que se olvido>>.

El milagro de la gracia tapa los huecos oscuros del alma. Los rincones tenebrosos de la intimidad sacudidos por la luz de la nueva oportunidad. Dios otra vez, dispuesto a perdonarnos diciéndonos que su gracia es abundante.
No importa el nombre del delito, el secreto es: que sí para encontrase con el paraíso, había que venir a la cruz, valió la pena levantarse esta mañana.

Texto: Rodri

Edición/Gráfico: Daniela

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