Salte la navegación

¿Quién no recordará aquel momento cuando Pedro caminó sobre las aguas mientras miraba al Señor? A veces pareciera que solo nos acordamos de Pedro hundiéndose entre las olas.

¡Que gran lección! El desviar nuestra mirada a otro lugar que no sea Cristo, nos significa instantáneamente el descenso o hundimiento. Cuan frecuentemente nos ocurre esto dentro de la iglesia. Nuestros ojos están puestos en los hermanos, como que quisiéramos ver en ellos perfección e impecabilidad. Formamos paradigmas o arquetipos de creyentes perfectos, idealizados y ejemplares. Creemos que no hay error en ellos aún sabiendo que no es así. Claro, y una vez que descubrimos nuestros propios errores y desnudez, recapacitamos y retornamos nuestra mirada al Único que no defrauda ni desilusiona; a Cristo nuestro Señor y Salvador.
No en vano Jeremías decía que era maldito el varón que pone su confianza en el hombre (Jeremías 17:5)

En tiempos de tanto exhibicionismo, recordemos al único que merece la gloria y donde nuestros ojos deben ir dirigidos, al Señor Jesús.
Si ponemos una lupa en nosotros, solo descubriremos imperfección y desnudez, pero si la situamos en Cristo, solo veremos perfección y plenitud. Corramos el resto de carrera que nos queda puestos los ojos en Jesús, porque Él nunca nos defraudará.

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” – Hebreos 12:2

Fuente: Gracia y Misericordia Blog

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